Iza. Historia

El Divino Salvador



Imagen del Divino Salvador revelada sobre una piedra en 1748 - Frente del templo en Iza, Boyacá, Colombia

Relato de Fray Agustín Camacho, 23 de abril de 1748.


“El 23 de abril de 1748 entre las 11 y las 12 del día cuando me fui a visitar a María Candelaria Cerón quien estaba enferma de los ojos, sin esperar a ponerme el manto. Ya en el camino a la derecha vi en el aire como un rostro que medio divisé con el ojo derecho y habiendo avanzado como unos seis pasos me suspendí con mucho impulso y retrocedí hacia atrás a un montón de piedras, en las cuales dando el rayo del sol, en medio de ellas estaba la de mi Señor, el Divino Salvador.


“La levanté y al ver que era la imagen del Señor, me la introduje en el pecho y proseguí mi camino hacia la mujer enferma. Luego de haberla saludado a ella y a otras gentes con sus hijos, saqué mi piedra del pecho para ver si era engaño mío y habiéndolo visto los presentes todos comenzaron a aclamar y a darle el nombre de San Salvador. 


“Empecé a mostrarlo a todas las gentes, unos la besaban y otros no. En el mismo año me visitó Fray Francisco Calvo, quien manifestó que no podía rendir culto por no divisarse con claridad el rostro del Salvador. Al año siguiente volvió a verla y encontró que estaba patente su majestad mi señor San Salvador y que sin lugar a dudas era digna de culto.”

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¿Por quién doblan las campanas?

La historia de Jacinto el Campanero



Leyenda recuperada en Iza por tradición oral en la década de 1950. La han publicado, entre otros, la Revista Cultural Siembra en 1990 bajo la dirección de Mario Bonilla y Sonia Pérez; escenificada para televisión en 2004, y narrada para el programa “Colombia y su Folclor” que dirigió Humberto Martínez Salcedo en la segunda versión del Festival Bochica, Iza, 1986. Se transcribe de manera literal como la redactó y tituló Bertha Gómez Ordóñez.


Bertha Gómez

“Hermosa y triste historia, casi única en el mundo por las circunstancias que la acompañaron y que tienden, más bien, a convertirla en una leyenda.


A principios del siglo XX, existió en Iza un personaje muy conocido y querido por toda la feligresía, no por su aspecto físico, menos por sus riquezas materiales o conocimientos científicos, pues de ellos carecía, sino por la bondad de su corazón y sus admirables condiciones humanas. Su nombre, Jacinto, simplemente Jacinto. Ejercía el oficio de campanero, del cual derivaba su sustento. Todas las mañanas, automáticamente, a pesar de no poseer reloj, y me atrevo a creer que ni siquiera lo conoció, bajaba presuroso de su casa, una choza de bahareque, ubicada al noreste de la población, hacia el templo para dar el toque de alba, informar la hora a las gentes e invitarlas a iniciar prontamente sus faenas.

A las 12 m., a las 6 pm., el toque de ángelus, y a las 8 pm., Jacinto estaba cumpliendo con su deber. Pero lo más importante, lo caracterizaba, era su solicitud para avisar a la comunidad el fallecimiento de alguno de sus miembros. Tres dobles por un varón, dos cuando era una mujer, y un alegre y largo repicar por los niños, pues existía la creencia que ellos se convertían en ángeles.


A pesar de su pobreza, Jacinto por ésto, no cobraba nada, absolutamente nada. Y lo hacía afanosamente, con interés, como si se tratara de algún familiar, para que todos acudieran a consolar a los deudos y a prestar su ayuda, máxime si el fallecido carecía de medios económicos.


Una fría y lluviosa mañana, de un martes cualquiera del mes de mayo, no se oyó toque de alba. Todos lo notaron, sin darle importancia. Estaban atareados en la preparación de las cobijas y demás artículos de llevar al mercado de Sogamoso. Como el viaje debían hacerlo a pie o a caballo, tenía que ser temprano para vender lo producido, comprar lo que necesitaban, conversar con sus compadres, averiguar sucesos, y ¿por qué no?, tomarse unas cuantas totumadas de la sabrosa chicha que preparaban en las famosas ventas de Mochacá, barrio de Sogamoso.


Viajaban el cura, el alcalde, los maestros, las amas de casa. Únicamente quedaban los pequeños y Jacinto. Pero ese día Jacinto no cumplió con su misión, porque estaba enfermo y solo. Su familia la constituía el cura, los pobres, y sus campanas tan queridas. Y el mal se agravaba y no hubo un ser que lo aliviara en su dolor físico, ni siquiera consolara su espíritu entristecido.



 (!Jacinto, el campanero¡, dibujo revista Siembra)

Y así, en esa inmensa soledad, en apariencia olvidado de Dios y de los hombres, dejó de existir Jacinto.

Y que terrible ironía del destino, quien siempre estuvo listo para tocar las campanas por los difuntos, no tuvo quien lo hiciera por él.

Ya en las horas de la tarde, cuando las gentes regresaban del mercado y se reunían en la plazuela para comentar los últimos acontecimientos, sucedió algo fuera de lo normal. Un fuerte movimiento sísmico los llenó de pánico, pero éste, bien pronto se convirtió en angustia, las campanas tañeron lentas, largas y tristes campanadas.

Y entonces todos corrían presurosos de un lado para otro preguntándose ¿Por quién doblan las campanas?, que ¿Por quién doblan las campanas? Pero este interrogante quedaba sin respuesta. El único que podía aclararlo era Jacinto, y todos se decían ¡que busquen a Jacinto, que busquen a Jacinto! Pero como éste  no aparecía, corrieron a su rancho donde contemplaron estupefactos, el cuerpo     sin vida del campanero.            

Al regresar doloridos y pensativos para arreglar lo del funeral, vieron admirados el frontis del templo averiado por el temblor. Éste fue reconstruido entre los años 1937 y 1940, quedando de recuerdo la hermosa espadaña, reliquia arquitectónica, orgullo de los izanos. Este hecho es como una comprobación que siempre se cumplen las palabras de Jesús: “Nada de lo que hagas en mi nombre, quedará sin recompensa”. Dios omnipotente, permitió a la muerte de Jacinto el campanero, que las campanas tañeran impulsadas por las fuerzas de la naturaleza.

“¿Por quién doblan las campanas?”, es también el título de una obra de la literatura universal escrita por Ernest Hemingway, en donde leí un pensamiento que en las actuales circunstancias cobra importancia porque es algo como un rescatar el respeto por la vida humana: “Nunca hagas preguntar ¿Por quién doblan las campanas?

Doblan por ti, doblan por mí, doblan por toda la humanidad."




¿Por quién doblan las campanas?, en inglés ¿For Whom the Bell Tolls?, es también una novela publicada en 1940. Su autor, Ernest Hemingway, (Oak Park, Illinois,  21 de julio de 1899 – Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961, Estados Unidos), participó en la Guerra Civil Española como corresponsal, pudiendo ser testigo de la contienda. En su obra, el sentido profundo del mensaje es la vida. Al narrar con crudeza y realismo los sucesos propios de una guerra donde aquella pierde su valor en aras de los supuestos ideológicos que la motivan, paradójicamente enfatiza su dignidad y que en fin, nada justifica la muerte violenta.   


Hemingway  obtuvo el Premio Pulitzer en 1953, y en 1954 el Nobel de Literatura. El título procede de la "Meditación XVII" de Devotions Upon Emergent Occasions, obra perteneciente al poeta metafísico John Donne, año 1624.


Ernest Hemingway en 1939

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.

La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, año 1624.